lunes, enero 09, 2006

Trabajar en Telepizza, una ejemplar carrera

NOTICIA PUBLICADA EN:
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PUBLICADO:
AÑO 1999 Texto Manuel Sanabria

Una ejemplar carrera

Trabajar en telepizza, Una ejemplar carrera: Historial de un trabajador con fé en el trabajo y en la empresa para la que trabajaba.

José Antonio fue uno de esos mandos intermedios que un día creyeron en una empresa que prometía "auténticas oportunidades de futuro", esa fe le costó una prolongada depresión.

"Empecé como repartidor y al poco tiempo, cuando me llegó una oferta para trabajar en el aeropuerto, en TelePizza me propusieron un contrato flexible y me quedé". José Antonio era un chico emprendedor. "soy muy activo, así que estaba pendiente de lo que hacía el encargado, la pizzera...Poco a poco fui aprendiendo a manejar la tienda". La empresa, encantada. "Entre reparto y reparto aprendí a estirar la masa, a usar el horno; ayudaba al responsable de ventas, montaba el local, organizaba...". Se convirtió en un comodín. "Tenía total disponibilidad hacia la empresa; me llamaban a cualquier hora y yo iba, claro". Un hombre orquesta. "Yo mismo entraba en la cámara, sacaba la masa, la estiraba, le ponía los ingredientes, la metía en el horno, la sacaba, la empaquetaba, la metía en la moto y se la llevaba al cliente".

Hizo las pruebas pertinentes, pero no promocionó. "Hubo un cambio de jefe y estuve un tiempo estancado". Incluso herido. "Hubo un atraco en la tienda y recibí un navajazo en una pierna; estuve un montón de tiempo de baja, y aún así ni promoción ni nada". A cambio unas pesetas.

"Me dieron 40.000, aproximadamente, o 45, creo". Eso si, el sueldo no se movía. "No recuerdo exactamente, pero tal vez fuesen 30.000 pts.". Aún así, era el repartidor más rápido de la barriada madrileña de Canilejas. "Treinta y cinco pedidos en cuatro horas; siempre iba al máximo". En una de esas, estuvo a punto de convertirse en el mártir de Telepizza. "Haciendo un reparto me atracaron dentro de un ascensor, yo me resistí y me clavaron una jeringuilla; tuve suerte, no estaba infectada". Nueva ingratitud. "Hice la denuncia, pero la empresa no puso ni siquiera un abogado". Al fin llegó su oportunidad. "Me cambiaron a una tienda que acababa de abrir y me nombraron encargado". Se ganó la confianza del jefe. "Por mi trabajo y por superarme fui pasando por encima de la otra gente, y cuando mi jefe se fue de vacaciones, yo hice la suplencia". Fue duro. "Hablaba con los repartidores y les pedía que se quedaran aunque hubieran acabado su horario; sabes que no les vas a pagar las horas, pero que se queden, que ya les compensarás de alguna manera". La presión venía de arriba. "Me decían: el que no vale, no vale". Tuvo su... ¿recompensa?

"Un día me preguntaron que si estaba dispuesto a trabajar en otro país, y yo les respondí que sí, que inmediatamente". Y llegó a Chile, con la promesa de permanecer un año, y un contrato indefinido de jefe al regreso. "Fui de encargado, abrí la tienda, preparaba todo, contrataba a la gente..." Tenía visado de turista, pero contrataba personal. "Era ilegal, ya lo sé, pero esas condiciones la imponía Telepizza, y yo que iba a decir". Primero en Santiago de Chile, después en Rancagua, que estaba a punto de cerrar, siempre con la mínima inversión".

Tuvo problemas con los trabajadores chilenos. "Siempre, es que siempre había conflictos, falta de entendimiento, otra forma de trabajar; lo que pasa es que allí tienen un convenio y las horas que trabajaban había que pagarlas". Quemado, y después del plazo convenido, solicita volver a España. "Me endeudé, pagué con mi visa cosas de la empresa por valor de 200.000 pts.; no aguantaba más". No tuvo premio. "Cuando volví a Madrid fui a la central de Telepizza y pedí lo que me habían prometido, me dijeron que nanai, que siguiera haciendo méritos en Barcelona o Levante". Se negó, por supuesto. "Entonces me mandaron como suplente a una tienda de Vallecas". No congenió con el jefe. "No me dejaba hacer nada, me marginaba, hasta que una noche me dijo: Oye José Antonio, a partir de hoy no trabajas más para nosotros".

Reclamó en las oficinas centrales de la empresa. "No hubo nada que hacer; me dieron 900.000 pts. de indemnización, pero lo que más me dolió fue que no me trataran como una persona, porque yo me sacrifiqué, a mi me gustaba, le dediqué mucho tiempo, mucho esfuerzo...".

Entonces llegó la depresión. En todo ese tiempo su sueldo nunca varió: 119.000 pts. a cambio de una ilusión.
©Manuel Sanabria
ARTÍCULO 20
Número 49 de 25 de octubre 1999.

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